14 de febrero
El aire de aquella noche estaba cargado de un aroma dulce, un susurro que parecía anunciar algo extraordinario. Las luces de la habitación danzaban suavemente sobre los pétalos de rosa que había esparcido con esmero por el suelo. En el centro, una mesa redonda se alzaba como el escenario de un cuento, con dos sillas esperando ser testigos de un momento que cambiaría nuestras vidas para siempre.
Cada detalle había sido planeado con amor. En una esquina, la grabadora que llevaba conmigo guardaba un tesoro: un CD con diez canciones cuidadosamente elegidas, melodías que hablaban de todo lo que las palabras no podían expresar. Pero lo más preciado de la noche era un pequeño cojín en forma de corazón, que guardaba un secreto: el anillo que había escogido para sellar mi promesa.
La cena avanzaba, y aunque intentaba mantener la calma, mi corazón golpeaba como un tambor, impaciente. Entonces, llegó el instante que había imaginado una y otra vez. La quinta canción comenzó a sonar, y supe que ese era el momento. "Entra en mi vida" llenó la habitación, envolviéndonos en un ambiente casi mágico.
Te miré. Tu sonrisa, iluminada por la tenue luz de las velas, era más hermosa que cualquier estrella. Me levanté, sintiendo cómo la emoción me recorría desde la cabeza hasta los pies. Con el cojín entre mis manos temblorosas, me arrodillé ante ti.
—¿Qué haces? —me preguntaste, con un destello de sorpresa en tus ojos.
Tomé aire, tratando de controlar la tormenta en mi pecho.
—Te amo —dije con la voz cargada de emoción—. Más de lo que jamás podré decir o demostrar. Hoy quiero pedirte algo que he soñado desde el primer momento en que supe que eras tú.
Abrí el cojín y dejé que el anillo brillara bajo la luz cálida de las velas.
—¿Te casarías conmigo? ¿Unirías tu vida a la mía para siempre?
El silencio que siguió fue eterno, aunque solo duró unos segundos. Pero cuando tus ojos se llenaron de lágrimas y un "sí" escapó de sus labios, el mundo dejó de girar. En ese instante, supe que el universo había conspirado para llevarme hasta ti.
Hoy, quince años después, miro hacia atrás y sé que esa fue la mejor decisión de mi vida. Tu no solo aceptaste mi propuesta, sino que transformaste mi mundo. Le diste sentido a mis días, llenándolos de amor, de risa, de momentos que valen toda una vida.
Cada día que pasa, te amo más. Tu eres el amor que pedí, el milagro que no sabía que necesitaba, la razón por la que mi corazón sigue latiendo con fuerza.
Y así, cada 14 de febrero, celebro no solo nuestro amor, sino la suerte infinita de haber encontrado a la persona que hizo realidad mi historia de amor.
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