El Inicio
El tiempo, con su paso sigiloso y constante, no ha logrado borrar los recuerdos que encendieron en mi corazón el amor que siento por ti. Esos instantes, tan simples y tan grandiosos, marcaron el comienzo de una historia que aún hoy sigue escribiéndose, capítulo tras capítulo, como la más hermosa de las novelas.
Era un día cualquiera, uno de esos que parecen destinados a ser olvidados. Pero no fue así. Fue entonces cuando te vi, caminando por la cuesta del colegio, y el mundo, como si obedeciera a un hechizo, se detuvo. Tu vestida —con ese al que llamabas “salta charcos” con una sonrisa traviesa— que se movía al compás de tus pasos. La blusa blanca de tirantes, las sandalias inmaculadas y esa coleta que dejaba al descubierto tu rostro perfecto. Y esos lentes, tus inseparables “buscanovios”, que lejos de restar, te hacían parecer la protagonista de una película que yo estaba ansioso por ver.
“Es como Jennifer López”, me dije en silencio, maravillado. Pero no eras ella; eras más. Eras real. Ese día lancé al universo un ruego: que pusiera en mi vida a una mujer como tú.
Los días comenzaron a transcurrir como las páginas de un libro que no podía dejar de leer. Lo nuestro se convirtió en una amistad hermosa, pero en el fondo de mi ser, sabía que no era suficiente. Mi corazón, con cada palabra, con cada mirada, comenzaba a abrirse, a ceder, dejando un espacio que solo tú podías llenar. Hasta que llegó ese día.
Era un atardecer como cualquier otro, y mi corazón, lleno de valentía y nervios, me impulsó a actuar. Te llevé detrás del bus escolar, un escenario tan poco romántico que me hace sonreír al recordarlo. Con palabras torpes, casi sin pensarlo, confesé que me gustabas. Fue un momento ingenuo, infantil quizá, pero auténtico. Nunca olvidaré la emoción que sentí cuando aceptaste salir conmigo. Era como si me hubieran entregado las llaves de un mundo nuevo, un mundo donde tú eras el centro de todo.
Con cada cita, mi amor por ti crecía. Recuerdo cómo despertaba por las mañanas, ansioso por impresionarte, eligiendo con esmero cada detalle para estar a la altura de tu sonrisa. Y luego llegó el día que lo cambió todo. Estábamos comiendo pizza, como tantas veces, pero ese día mi corazón no aguantó más. Con mi habitual leche con canela como testigo, decidí arriesgarlo todo. Te miré a los ojos y, con el alma desnuda, te confesé que ya no quería ser solo tu amigo.
Tu respuesta no fue un “sí”. Fue mejor. Fue un beso. Uno que rompió todas mis dudas y llenó mi alma de una certeza inquebrantable: tú eras la mujer de mi vida. Ese beso, inesperado y hermoso, marcó el inicio de algo más grande de lo que yo podía imaginar.
Nuestra relación creció, llena de momentos que aún brillan en mi memoria. Recuerdo aquella tarde en el café El Tirol, cuando te di el primero de muchos besos inolvidables. Había llevado el carro de mi padre, y al abrirte la puerta, me acerqué, guiado por un impulso irrefrenable. Ese beso fue el inicio de un ritual de amor que hasta hoy sigue vivo, con cada beso más dulce que el anterior.
Y luego, aquella noche, la noche que marcó para siempre nuestras vidas. Después del baile, con las emociones a flor de piel, nuestras almas y cuerpos se unieron en un momento de pasión y ternura que jamás olvidaré. Fue en mi trueno, con la luna como nuestra única testigo, cuando te sentí completamente mía. El nerviosismo me hacía torpe, pero la emoción me daba valor. Recuerdo incluso haber intentado desatar aquel adorno de tu blusa, como si los detalles del momento quisieran asegurarse de quedarse grabados en mi memoria.
Han pasado dieciséis años desde entonces, y cada uno de esos recuerdos sigue vivo, tan nítido como el primer día. Nuestra historia, como un libro de amor, está llena de capítulos que atesoro. Y aunque este sea solo un fragmento, quiero que sepas que mi amor por ti sigue siendo tan infinito como el día en que comenzó.
Tenerte a mi lado es el mayor regalo de la vida, y amarte, la misión que acepto con el corazón lleno de gratitud. Porque nuestra historia no es solo un relato: es una epopeya que seguirá escribiéndose mientras existan las palabras y los sentimientos.
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